Los efectos indirectos del transporte se suelen agrupar en tres categorías: el coste de fabricar y distribuir la energía que usan los vehículos, el que conlleva la fabricación de estos vehículos y el de construir y mantener en buen estado las carreteras y las vías del tren.
Cuando en cualquier estación de servicio la gasolina o el gasóleo entran en el depósito del vehículo, termina un largo camino que empezó en Venezuela, Arabia Saudí o Nigeria meses o años atrás. El crudo debe ser extraído de la tierra, a veces de grandes profundidades, transportado en oleoductos hasta buques-tanque y vuelto a ser transportado miles de kilómetros hasta las refinerías, donde se convierte en combustible comercial tras una serie de complejos procesos químicos.
Sólo entonces se carga en los camiones de las distribuidoras para llevarlo a las gasolineras. Cada uno de los pasos de este largo proceso consume mucha energía y produce importantes impactos en el medio ambiente.
La electricidad que alimenta los ferrocarriles tiene tras de sí un camino igualmente largo y lleno de impactos sobre el medio ambiente si se produce quemando carbón, gas, petróleo o combustible nuclear, pero los costes se reducen mucho si la fuente de la electricidad es renovable.
Algo parecido, pero más complejo todavía, ocurre en la fabricación de los vehículos de transporte. En este caso habría que contabilizar el arranque de mineral de hierro, los procesos de conversión de este metal en acero, el fundido y moldeado de piezas, el procesado de materias primas de todas clases (desde metales especiales para aleaciones hasta plásticos y polímeros diversos), los procesos de corte y ensamblado, los procesos de pintura y acabado final, etc. También es necesario contabilizar los costes del desguace de los vehículos, una vez que termina su vida útil.